Se me ha cruzado un escenario corriente. Veo algunos edificios históricos, antes destinados a grandes y millonarias afluencias. Veo que van a estar abandonados, ahora sí, totalmente abandonados. No abandonados de políticas públicas ni de proyectos de conservación ni abandonados de uso social, eso no sería nada nuevo; edificios abandonados y sepultados como lo estuvieron tantas huacas que emergieron en las últimas décadas. Peor, edificios realmente secos. Bueno, ese es un deseo recurrente de algunos maladictos al patrimonio inmueble: que no los toque ni una espora de caca de amable ave emblemática y citadina.
No sé si muramos ni si este esté siendo el final de nuestra participación en esta tierra. Demasiado egoísmo, eso sí sé. Por ahí leí, con tanta esperanza en alguien, que "el arte y el amor van a salvar el mundo". No, el mundo se va a salvar solo, somos insignificantes para el mundo, hemos querido ser demasiado significantes, más bien. Somos nosotros los que necesitamos arte y amor como nunca lo hemos hecho, como vaquitas que ansían abrazarse, pero no pueden a pesar de estar apretadas en distintos pequeños camales, esperando lo inusitado o lo predecible y, mientras, leyendo a Frankl, contemplando el Guernica o las hermosas manos de Guayasamín. O viendo esos murales enormes de Núñez Ureta, como si no hubieran desaparecido, pero no sé si sentirían amor ante unas rocas gigantes con rayas artificiales. Obviamente, si las rayas son artificiales, son obras de arte, pero no comunican el amor que la gente espera ahora; son otro tipo de amor, demasiado insensible e impensable ahora que resulta que nos necesitamos.
No se hizo mucho el amor, ¿habrán sido muy pocos los que lo hicieron?, o quizá se hizo mucho, pero, tan dispersamente que no tomó forma. La materia humana no pudo tener forma, peso, fuerza amorosa. No pudo.
También imagino que en la casa de pronto aparecen hormigas. Que si el insecticida, que si pisotearlas o dejarlas nomás, total, también tienen cosas que hacer. Sin embargo, lo acostumbrado es la repelencia y, contra toda ella, ahí siguen, tercas, insistiendo en usar el espacio con su organización casi perfecta. A ese nivel hemos llegado. Vivíamos para trabajar y no al revés. Ahora por fin la gente de supermercados puede trabajar en horarios un poco más decentes. ¿Cuál era la necesidad real de tener supermercados las 25 horas del día? Tanta inteligencia y raciocinio para... en fin.
En algunos siglos los arqueólogos encontrarán un montón de edificios sagrados y toneladas de cables alrededor de ellos; dirán que los cables eran la conexión de los habitantes de esos templos con su miríada de deidades, que naturalmente éramos politeístas; también dirán que mi casa y tu casa eran capillas, que todos los que vivíamos en casas más o menos "paradas", éramos sacerdotizos, que las mascotas eran canales a esos montones de dioses, y qué sé yo, esas estupideces que se ensayan cuando la humanidad no es gran cosa.
Lima, 30 de abril del 2020
Largo inicio de la pandemia.