martes, 31 de marzo de 2020

ojos rotos


estaba con los
ojos todos rotos
su voz medio rota
también sonaba

habían pasado cinco
minutos del toque de
queda
y todo le dolía

el soldado me
miró con un corazón
ajeno repleto de
ajeno odio

igual tuve que salir
primero la comida
luego el agua
y el soldado me miraba

era noche estúpida
de odio ajeno
o resignarse a
morir de inanición

sí pensé en
el disparo
pero era su odio
ajeno
o morir de inanición.

lo saludé con la mano
nada más.

Él apretó su vientre
a su fusil
como respuesta
ya no de odio
sino miedo

miedo igual
quel mío
y el pobre
ojos rotos.


martes, 3 de marzo de 2020

marito

Tengo el orgullo...

Llegado el momento 
del arte más elevado y angelical 
todo para placer de los ojos
de dios --que es, sin la menor cuestión, 
hombre sabio, fuerte y potente,
como cada ancestro
macho mío que lo venera
de palabra y obra, superior 
además, a cada vil 
costilleta de mi estirpe,
como yo,
solo valiosa 
por si es su útero útil 
y su muslo receptor y paridor--,

llegado el momento,
me meto en mi rosado
y ceñido tutú de dulces y más 
que finísimos hilos de niña 
y lascivia gustosa y prohibida,
y bordaditos que me dejaron
ciega al ejecutarlos
-estado que es bueno para no pecar,
acción que está grabada,
como en todas, en
mi naturaleza vaginal-,

llegado el momento 
y vestido en mí el tutú,
corro cual mágico cisne puro
a hacer sonar con 
la más deliciosa delicadeza,
primero, el disco de 
las procesiones, 
para seguir, después,
con las Cuatro estaciones.
Llamo, luego, con sumisas 
reverencias al obispo
y a todo mi público
--con damisélicos gestos
invito-- amante del amor
más puro y misericordioso
jamás lucido.

Llegado el momento, 
le indico a mi muda y fiel sirvienta 
la hora de posar sobre 
el altar de la capilla familiar,
la fuente más deslumbrante,
aquella en la que acostumbramos
por centurias recostar amable
al más hermoso y grande cuy
criado, besado y engreído 
del lugar. 

Llegado el momento, 
bailo
bailo 
bailo
bailo
y vuelo por los aires 
con la mayor armonía de la 
que soy capaz,
aprendida de la segunda
de mi papá.
Danzo para dios y para quienes
no pueden danzar,
y les pido que vean mi alma blanca
expresarse del único modo perdonable,
que vean mi ofrenda pía y amorosa,
clamorosa de vida,
que no vean mi traje insignificante.
Danzo y danzo incansable, 
entregando belleza
única 
indiscutible
irreprochable
inmortal.

Y en esa belleza inconmensurable, 
toda para la elevación bien cultivada
de nuestras sagradas almas y brillantes
mentes, ávidas de su
incomparable grandeza
misericordiosa, incluso 
para nuestros fugaces cuerpos, y
pido una gota tan solo 
de su magna voluntad.  

Llegado el momento,
con los últimos acordes,
tomo con mis manos
gráciles y pletóricas de beldad,
con mi cuerpo instrumental
en éxtasis de comunión 
con un pobre ser inferior,
tomo con mis finas manos 
el histórico puñal
y, desde el morro al pecho,
ensangrento por completo al cuy,

¡porque si no lo mato morirá!,
eso lo saben todos los piadosos
gentiles y bieneducados sin dudar:
no proveerle la buena muerte
es imperdonable posibilidad y,
a mí, condena letal.

Ah, el arte.
Pocos entienden su valor.