Tengo el orgullo...
Llegado el momento
del arte más elevado y angelical
todo para placer de los ojos
de dios --que es, sin la menor cuestión,
hombre sabio, fuerte y potente,
como cada ancestro
macho mío que lo venera
de palabra y obra, superior
además, a cada vil
costilleta de mi estirpe,
como yo,
solo valiosa
por si es su útero útil
y su muslo receptor y paridor--,
llegado el momento,
me meto en mi rosado
y ceñido tutú de dulces y más
que finísimos hilos de niña
y lascivia gustosa y prohibida,
y bordaditos que me dejaron
ciega al ejecutarlos
-estado que es bueno para no pecar,
acción que está grabada,
como en todas, en
mi naturaleza vaginal-,
llegado el momento
y vestido en mí el tutú,
corro cual mágico cisne puro
a hacer sonar con
la más deliciosa delicadeza,
primero, el disco de
las procesiones,
para seguir, después,
con las Cuatro estaciones.
Llamo, luego, con sumisas
reverencias al obispo
y a todo mi público
--con damisélicos gestos
invito-- amante del amor
más puro y misericordioso
jamás lucido.
Llegado el momento,
le indico a mi muda y fiel sirvienta
la hora de posar sobre
el altar de la capilla familiar,
la fuente más deslumbrante,
aquella en la que acostumbramos
por centurias recostar amable
al más hermoso y grande cuy
criado, besado y engreído
del lugar.
Llegado el momento,
bailo
bailo
bailo
bailo
y vuelo por los aires
con la mayor armonía de la
que soy capaz,
aprendida de la segunda
de mi papá.
Danzo para dios y para quienes
no pueden danzar,
y les pido que vean mi alma blanca
expresarse del único modo perdonable,
que vean mi ofrenda pía y amorosa,
clamorosa de vida,
que no vean mi traje insignificante.
Danzo y danzo incansable,
entregando belleza
única
indiscutible
irreprochable
inmortal.
Y en esa belleza inconmensurable,
toda para la elevación bien cultivada
de nuestras sagradas almas y brillantes
mentes, ávidas de su
incomparable grandeza
misericordiosa, incluso
para nuestros fugaces cuerpos, y
pido una gota tan solo
de su magna voluntad.
Llegado el momento,
con los últimos acordes,
tomo con mis manos
gráciles y pletóricas de beldad,
con mi cuerpo instrumental
en éxtasis de comunión
con un pobre ser inferior,
tomo con mis finas manos
el histórico puñal
y, desde el morro al pecho,
ensangrento por completo al cuy,
¡porque si no lo mato morirá!,
eso lo saben todos los piadosos
gentiles y bieneducados sin dudar:
no proveerle la buena muerte
es imperdonable posibilidad y,
a mí, condena letal.
Ah, el arte.
Pocos entienden su valor.
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