En mi
pequeña Lima antes se buscaba al caudillo,
hoy se
busca una canción.
En mi
pequeña Lima se busca una canción,
en la
lengua dominante, que de pronto
nos
libre de la desidia cultivada por
la
obnubilación de ver brillar la escarcha con la que
unos
embellecieron nuestros ombligos de jebe.
Una
canción que, de pronto, escuchen esos oídos
de
esos cuerpos armados para que sientan
que
ser enviados a golpearnos con insultos y balazos
es
cometer el suicidio de sus hijos y sus madres. Y nos abracemos.
Una
canción que, como un chispazo, despierte a los títeres
que
creen gobernar, siglo tras siglo, a punta de órdenes
de
quienes jamás nunca nos vieron como iguales,
que
sin vergüenza se forran con todo lo nuestro. Y nos abracemos.
Una
canción que, repentinamente, tu pariente escuche
esta
vez sin odiarte, uniéndose a tu hartazgo y a tu rabia
por ti
y por los obligados a pagar para vivir como muertos sin nicho
pero
sin morir sin diversión. Y nos abracemos.
En mi
pequeña Lima se busca
una
canción que todos canten… pero en
mi
pequeña Lima lo privado es lo más sagrado y la sangre
la vía
de comunicación. Y nos abracemos.
Y los
demás hablantes seguirán
‒como
siempre y delantito de las de Lima sus orejas mochas y ombligos largos‒
cantando
alto, durante el continuo y añoso momento claro,
el
canto que aprendieron de esta tierra en todas sus lenguas,
la del
río, el delfín y la paraca,
la del
bosque, el colibrí y la garúa,
la del cerro, el puma
y la flor.
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